¡ORGULLOSAMENTE ABOGADA!

Decidí estudiar derecho porque nunca me gustó que nadie impusiera su autoridad sobre mí, desde luego que tuve ganas de cambiar el mundo, ayudar, trabajar por la justicia. Precisamente, el concepto de “justicia” es el que aún después de tantos años de experiencia, aún sigo tratando de entender… y en este ejercicio de comprensión, observo y admito, que ser abogado en realidad se trata de solucionar, y en el mejor de los casos, prevenir problemas ajenos; acierto a decir que se trata de una gran ambición, ¿quién soy yo, diminuta en este mundo de gigantes, para creer que puedo resolver la vida de otros?

En estos años, me he convencido de que ser abogado es una tarea de lo más compleja y difícil, pues al defender los intereses de nuestros clientes, corremos el riesgo de perdernos si no tenemos la cautela suficiente, o si no se es lo suficientemente fuerte para resistir los embates de la vida ajena y mantener la cabeza fría para pensar siempre en el bienestar de nuestros clientes, antes que en el propio.

En la práctica profesional, he visto padres pelear  por sus hijos poniéndolos como carne de cañón, madres separando a los frutos de su vientre, padres cegados mendigando centavos a sus hijos, a sus esposas, mujeres tratando de sacar el mayor partido económico con afán de revancha. He visto odio en los expedientes, y mucho peor, en las miradas de aquellos que alguna vez se llamaron “familia”. He visto personas dañando personas, llantos hipócritas derramados con sangre en las manos. He visto el engaño y la traición manifestados en mil formas. He visto dolor, corrupción, ignorancia, abuso, bajeza humana… También he sido testigo de la ineptitud y prepotencia, tanto de las autoridades como de los gobernados. Incluso he mirado e identificado huellas mías en la vida ajena, producto de mis errores, mi egoísmo, mi humanidad, porque nadie está exento de pecados…

Y cuando miro hacia atrás, cuando pongo frente a mi toda esa experiencia, ese mundo que he conocido a través de los ojos de mis clientes, y ese otro mundo que he observado por mí, me pregunto si habrá una forma de arreglarlo, cuando el amor no es un concepto de derecho.

Sin embargo, existe ese otro escenario, aquel en el que una sentencia puede remediar una afrenta, en la que se sujeta al obligado al cumplimiento de sus obligaciones; porque admitámoslo, la vida es derecho, cada acto humano es derecho, y cada ley contiene ese derecho, porque como sociedad toda conducta debe regirse por normas, y es precisamente el ejercicio del derecho el que puede hacernos libres bajo el respeto a los demás.

Porque hoy sé, que mi misión como abogado es llevar la máxima divina de “amarnos”, depositar el amor al prójimo en los juzgados, integrarlo en las leyes, y en general a todo aquel acto mío, para orientar a que vivir en el derecho, es vivir en el respeto y el amor a los otros, aunque nuestras autoridades, gobernantes, e incluso nuestros vecinos lo hayan olvidado…

Gracias a todos aquellos que han depositado su confianza en mí, en nosotros, seguirá siendo una gran responsabilidad, un compromiso y un enorme placer, ejercer la abogacía en servicio de ustedes, nuestros clientes.

 

 

 


Category : Práctica Profesional